Caminó en silencio, solo, aturdido y hundido en el dolor. Acababa de suceder lo que su padre le había advertido semanas antes, aquello por lo que le pidió que si ocurría debería hacerse cargo de la familia. ¡Cómo iba a hacerlo si era un adolescente de 17 años!, pensó entonces. Pero Iñigo acababa de ser testigo directo de que la carta que hacía unos días le mostró, la de la amenaza de muerte con el sello de ETA que había ocultado a sus hermanas pequeñas, se había ejecutado. Los 800 metros que le separaban de su casa se hicieron interminables.

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