Imagínate que eres un campesino del siglo XV. Vives en alguna aldea de Europa Central y, temeroso de Dios, cada día te dejas la espalda en el campo, de sol a sol, pagas tus impuestos y tus únicos pecados son libar aguardiente y hacer de vez en cuando una visita lúbrica a la viuda Gumersinda, cuando no a las gallinas. La noche es oscura y alberga horrores, y es que es oscura de verdad. No hay farolas, ni puedes usar el móvil para iluminarte. Enciendes una vela de forma apresurada y te cubres con la manta en tu camastro, con miedo a dormirte y…

Ver noticia original ➥