Fue una época que duró entre primero y segundo de bachillerato, es decir, cuando tenía entre 16 y 17 años. Ser la guarra del colegio, y en un colegio de monjas, era algo a lo que le teníamos más miedo que a los exámenes de tipo test en los que no hay una única respuesta correcta. Y ahí caí yo, por la puerta grande de las guarras.

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