Por primera vez en más de 200 años, una catedral alemana ha sido derribada deliberadamente, para poder expandir una gigantesca mina de carbón a cielo abierto. El edificio de 120 años de antigüedad estaba encima de los depósitos de uno de los combustibles más sucios de Europa: el lignito. Las apelaciones legales de último minuto y la acción directa de los activistas de Greenpeace no evitaron que la destrucción de la catedral siguiera adelante.

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