El inacabado Nuevo Mestalla ya se ha convertido en parte inseparable del skyline de Valencia. Un mazacote de cemento se erige sobre la ciudad como recuerdo de los tiempos dorados de la burbuja de la construcción. Con las obras paradas desde 2009, el que debe ser (algún día) el estadio del Valencia CF es el icono del gasto desenfrenado de una entidad al que sólo la llegada del magnate singapurense Peter Lim salvó de la quiebra. El agujero generado por las ansias inmobiliarias del club supera los 350 millones de euros.

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