La defensa de los responsables de la empresa que gestionaba el metro se basó en argumentar que el accidente fue imprevisible e inevitable. El único responsable penal sería el maquinista, fallecido en el suceso. El repliegue a la defensiva de los políticos desde el primer instante, los intentos atestiguados de manipular las pruebas o el borrado de la caja negra hacen que el relato de estos diez años tenga un alcance universal.

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