El emperador Octaviano Augusto no le habría gustado que su mausoleo se convirtiera en establo de vacas. Suficientemente grande para contener la tumba de todos los emperadores romanos y sus familias durante casi un siglo; cuando fue terminado, en el I d.C., la estatua de bronce de Augusto que dominaba el monumento se podía ver desde toda la ciudad de Roma. Mil seiscientos años después fue ahí donde el desafortunado empresario español Bernardo Matas intentó establecer las corridas de toros en Roma.

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