Cuando Gerardo Mercator proyectó la superficie terrestre sobre su célebre mapa (1569) lo hizo pensando en facilitar la tarea de los abnegados navegantes. De forma en absoluto casual, colocó a Europa en el centro del mundo. Aquella proyección terminaría definiendo la forma en la que pensamos los mapas del globo durante los siguientes siglos, pese a sus evidentes defectos y pese a que, ostensiblemente, generaba tantos ganadores como perdedores.

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