Hay niños que molestan y mucho. Salir a comer o cenar fuera de casa a veces se convierte en un suplicio. Es cierto que en algunas ocasiones nos hemos convertido en una sociedad poco tolerante, pero también es verdad que no hay razones por las que debamos soportar la mala educación de algunos de ellos. Corren, chillan, se pelean, saltan entre las sillas. Y ningún niño, ni siquiera el más bueno, está libre de tener una rabieta o un día revuelto en uno de esos lugares. Muchos padres optan por la técnica de la extinción (no hacerles caso).

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