El caso de Apple y sus iPhone antiguos pone de relieve la disparidad de fuerzas entre grandes firmas y sus usuarios y la débil o inexistente actuación de los reguladores, así como los procesos de monopolización, que generan un buen número de abusos. Pero no se trata sólo de una cuestión de consumo, sino de una tendencia ya casi estructural en nuestro capitalismo: los gestores de las empresas y los accionistas que los eligen están desarrollando una serie de prácticas que consisten en crear problemas que luego solucionamos los demás.

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