En el verano de 1941, el ejército alemán era el más fuerte de Europa y se estaba preparando para usar su superioridad para derrotar a la Unión Soviética en una campaña relámpago de tres meses. Los soviéticos –por otro lado– se estaban preparando para una larga guerra y habían construido una fuerte economía de guerra, pero la modernización y expansión del Ejército Rojo todavía estaba en marcha y sus métodos y organización aún no se habían probado completamente en la batalla.