Durante del verano de 1792, en plena masacre en París de todo lo relacionado con la monarquía y la aristocracia, la policía de la Comuna insurreccional que controlaba el gobierno llamó a la puerta de la residencia del embajador de Suecia. Les abrió una mujer de 26 años embarazada de seis meses, quien les advirtió visiblemente enfadada de que estaban creando un grave conflicto internacional al intentar buscar a disidentes allí

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