Ni qué decir tiene que tanto Ruiz-Gallardón como La Rubia son dos creaciones de Marisa González. El talento de esta mujer, excepcionalmente dotada para el marketing político, me llevó a creer que Ruiz Gallardón era una especie de Antonio Gramsci infiltrado desde niño en las huestes de Fraga Iribarne y que Cristina Cifuentes era poco menos que la Emma Bonino de la derechona, con cuarenta años menos. Una vez que se quitaron la careta el uno resultó ser más carca que Pío XII y la otra, más inconsistente que un buñuelo de viento.

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