Durante tres meses le entrenó para convertirle en un tabernero castizo. Los clientes, al principio, refunfuñaban entre caña y tapa. Veían a Ming Heng Chen sentado en la barra, discreto y reservado, con una libreta y un boli. Apuntaba cada gesto y cada chiste de Paco. Anotaba cuánto tiempo había que calentar las tapas, cómo se llamaban los clientes más asiduos y qué debía servirle a cada uno. Así, aquel empresario asiático del que nadie sabía nada se convirtió en Iván, el digno heredero de Paco.

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