Imaginen que la vida de las personas no vale nada y que en cualquier momento pueden pedirle que violen a su madre, asesinen a toda su familia delante suya, que se tenga que comer las orejas de su pareja o los cerebros de su hijo; que su cuerpo, el de las mujeres, se convierte en un arma de guerra, y que los soldados le introducen por la vagina sus armas y objetos afilados. Harán todo lo posible para que desee la muerte. Esto ocurrió hace tan solo dos décadas. Así lo relata la superviviente congoleña Caddy Adzuba, periodista y activista.

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