El que es un pedazo de historia viva de San Sebastián, un tramo de la Barandilla de La Concha original de 1916, estaba llamada a acabar en el chatarrero por efecto del inexorable paso del tiempo que había obligado a su reemplazamiento como vigilante de la bahía donostiarra. Pero dentro del Gobierno municipal surgió una voz: “Igual le interesa a algún donostiarra por su valor simbólico”. Este comentario instintivo traspasó las fronteras de la opinión particular y sumó el apoyo unánime del ayuntamiento.

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